En las salas de juntas y en los libros de negocio, hemos aprendido a hablar el lenguaje de la conquista. Hablamos de “atacar mercados”, “capturar cuota”, de “resultados explosivos” y “crecimiento agresivo”. Es un lenguaje de fuerza, de dominio, de máquinas. Es el lenguaje de un campo de batalla.
Y es un lenguaje que, cada vez más, se siente vacío.
Durante mucho tiempo, yo también hablé ese idioma. Como economista, aprendí a modelar el crecimiento y a medir la eficiencia. Pero en mi búsqueda de la estrategia perfecta, me di cuenta de que las respuestas más profundas no estaban en los libros de texto. Estaban en los lugares a los que escapaba para encontrarme a mí misma: en la cima de una montaña, en el arte de una mujer rebelde, en la voz de una cantante.
Me di cuenta de que mi filosofía de negocio no la estaba aprendiendo en un MBA. La estaba aprendiendo en la vida.
Recuerdo un cliente, un líder “carismático” quien solo debía desplegar lo aprobado por la junta directiva para el despliegue de un MVP (Producto Mínimo Viable) de una nueva línea de negocio. Hablamos de “atacar” un segmento, de “capturar” la atención del mercado. Se invirtieron millones de pesos en el desarrollo inicial. Seis meses después, el MVP estaba técnicamente funcional, pero comercialmente estancado. El equipo estaba desmoralizado.
¿El problema? El líder, ocupado en la siguiente “batalla”, nunca implementó la estrategia de go-to-market que ya estaba aprobada ni dio el seguimiento necesario. La herramienta se construyó, pero nadie preparó el terreno para que la gente la usara. Fue una victoria técnica y una derrota estratégica. Ese día entendí que el lenguaje de la guerra crea generales, no jardineros. Y las estrategias, como las plantas, no crecen a gritos; crecen con cuidado.
La Lección del Páramo: La Estrategia como Fuente, no como Grito.
Cuando camino por los páramos de alta montaña, me sorprende su silencio. No hay árboles monumentales ni colores estridentes. Es un ecosistema sutil, a menudo subestimado, cubierto de musgo y frailejones que parecen de otro mundo. Y sin embargo, de esa quietud nace el agua que da vida a todo el valle que hay debajo.
El páramo no necesita ser ruidoso para ser vital.
Y entendí: una buena estrategia es como un páramo. No siempre es la iniciativa más llamativa o la campaña más ruidosa. A menudo, es un sistema silencioso, casi invisible, que nutre a toda la organización. Es la claridad de propósito que permite que cada equipo, cada proyecto, cada persona, beba de la misma fuente. Si quieres empezar a “cultivar tu páramo” mañana, la acción más práctica es instituir una “Reunión de Calibración” semanal.
Una reunión de 30 minutos donde no se habla de nuevos proyectos, sino que se hace una sola pregunta sobre los proyectos actuales: “¿Esta acción sigue alineada con nuestra fuente de propósito?”. Es un acto de cuidado silencioso, no de conquista ruidosa.
Las empresas que solo buscan el “grito” en el campo de batalla se secan por dentro. Las que cultivan su “páramo” tienen una fuente de vida inagotable.
La Lección de la Montaña: La Resiliencia es Ritmo, no Fuerza Bruta.
Caminar en la montaña es un ejercicio de humildad. Te enseña rápidamente que la fuerza bruta no sirve de nada en un terreno irregular. Si intentas esprintar en una subida pronunciada, te quedas sin aire en cien metros. El secreto no es la velocidad, es el ritmo. Es el arte de saber cuándo empujar, cuándo acortar el paso, cuándo caminar para recuperar el aliento.
Es la gestión inteligente de la energía para un viaje largo.
Y entendí: la resiliencia de una marca no es su capacidad de nunca caer, sino su inteligencia para gestionar su energía. Es saber cuándo invertir agresivamente y cuándo hacer una pausa estratégica para reevaluar. Las empresas que confunden el movimiento constante con el progreso, terminan quemadas a mitad de la subida. Las que encuentran su ritmo, llegan a la cima.
La Lección de las Artistas: La Estrategia como una Composición en Vivo.
Cuando miro una obra de Leonora Carrington, no solo veo su arte surrealista; veo su lucha por crear según sus propias reglas. Pero fue escuchando la canción “Jungle” de Tash Sultana donde todo hizo clic.
Si alguna vez la has escuchado o visto sus videos, sabes que no es solo una canción; es un acto de creación arquitectónica. Empieza con una línea de guitarra simple, un ritmo base. Pacientemente, capa sobre capa, añade la percusión, el bajo, los teclados, su voz. Cada capa tiene su propio espacio, su propio propósito, pero todas sirven a la composición final. Nada es superfluo. El resultado es un universo sonoro complejo y arrollador, construido por una sola persona, a partir de una idea central.
Y entendí: así es como se construye una estrategia. No es un documento estático. Es una composición en vivo. Empiezas con tu idea central (el ritmo). Añades la capa de tu producto, la capa de tu marketing, la capa de tu cultura.
Cada una debe tener su propia función, pero todas deben sumar a la misma armonía.
Una “capa desafinada” muy común son las tácticas sueltas: un equipo de marketing que lanza una campaña en TikTok solo porque es tendencia, sin preguntarse cómo esa capa sirve a la canción completa de la empresa. Si una capa está desafinada o no tiene propósito, toda la canción se desmorona.
En un mundo lleno de “ruido” corporativo, las marcas más potentes son las que, como Tash Sultana, tienen el coraje de construir su propia canción, capa a capa, con intención y autenticidad.
Mi Trabajo como Traductora
Hoy, cuando me siento con un cliente, no llego con un mapa de batalla. Llego con las lecciones de la montaña.
Mi trabajo no es imponer un plan de conquista. Es ayudarles a encontrar su “páramo”, esa fuente de propósito que ya existe dentro de su organización. Es ayudarles a encontrar su “ritmo”, esa cadencia sostenible de esfuerzo y pausa que les permitirá perdurar. Y es ayudarles a encontrar su “canción”, esa composición única de producto, marketing y cultura que solo ellos pueden tocar.
Mi trabajo como Traductora Visual es tomar estas verdades orgánicas y darles forma, color y estructura. Porque he aprendido que la estrategia más poderosa no es la que se impone desde un campo de batalla, sino la que florece desde dentro, con la lógica y la belleza innegables de la propia naturaleza.
Es hora de que más líderes dejen de actuar como generales y empiecen a pensar como jardineros. Es hora de dejar de buscar campos de batalla y empezar a cultivar páramos.
Si esta reflexión resuena contigo y quieres explorar cómo encontrar el páramo en tu propia organización, te invito a que agendemos una Sesión de Claridad. No es una venta. Es el inicio de una conversación diferente.