“Pero… ¿tú no eres economista?”
He escuchado esa pregunta, en diferentes tonos, más veces de las que puedo contar. A menudo viene con una inflexión de sorpresa genuina, a veces con un matiz de escepticismo. Surge cuando, en una reunión de estrategia, paso de analizar una tasa de conversión a hablar del sentimiento que genera una campaña. O cuando presento un análisis de mercado y dedico una diapositiva entera a la paleta de colores de la competencia.
La pregunta implícita es siempre la misma: “¿Qué hace alguien de números metida en el mundo de las palabras, las imágenes y las emociones?”
Durante años, esa pregunta me generó una pequeña punzada de inseguridad. Viví una doble vida profesional. Por un lado, estaba la economista: la que amaba la lógica impecable de los modelos, la que encontraba una belleza extraña en una hoja de cálculo bien estructurada. Por otro lado, estaba la creativa: la que llenaba cuadernos con dibujos, la que se perdía horas en la composición de una fotografía.
En mi cabeza, y en la de muchos a mi alrededor, estos eran dos mundos separados por un muro infranqueable.
El mundo “duro” de los datos y el mundo “blando” de la creatividad.
El resultado fue una profunda frustración. Sentía que solo estaba usando la mitad de mi cerebro a la vez. Estaba agotada, no por exceso de trabajo, sino por exceso de fragmentación. El costo de esta división era real. Recuerdo presentar un informe detallado sobre el rendimiento de una campaña para una marca personal. Era analíticamente perfecto: alcance, visualizaciones, engagement. Pero el cliente me miraba con los ojos vacíos. Los números no le decían nada. No conectaban con su objetivo.
Fue un fracaso envuelto en una hoja de cálculo impecable.
El punto de quiebre no fue una epifanía, fue una rendición. La rendición a la idea de que tenía que elegir. ¿Y si el muro no existiera? ¿Y si mi capacidad para ver la estructura en los datos y mi habilidad para sentir la narrativa en una imagen no fueran dos habilidades diferentes, sino las dos caras de una misma moneda?
Esa moneda es la traducción.
Tiempo después, con otro cliente, decidí conscientemente no repetir ese error. En lugar de un informe de datos, rediseñé la presentación desde cero como una narrativa visual. El “alcance” se convirtió en “las personas que escucharon tu historia por primera vez”. El “engagement” se transformó en “las conversaciones que iniciaste”. De repente, la reacción fue de entendimiento. Los datos no habían cambiado, pero la historia los hizo significativos.
Descubrí que mi verdadero trabajo no era ser economista o ser creativa. Era ser el puente entre ambos mundos. Mi superpoder no era el análisis de datos. Era mi capacidad para tomar esos datos fríos y sin alma y traducirlos en una historia visual clara, en una narrativa que un equipo pudiera entender, sentir y, sobre todo, ejecutar.
Descubrí que la cultura de una empresa no es un tema “blando”. Es un sistema complejo con incentivos, fricciones y resultados medibles, exactamente como un modelo económico.
Descubrí que una paleta de colores no es “decoración”. Es una herramienta estratégica que comunica valor y posicionamiento de forma más rápida que cualquier eslogan.
Hoy, cuando alguien me pregunta con sorpresa “¿tú no eres economista?”, sonrío. Porque sé que la pregunta nace de una visión del mundo que insiste en poner todo en cajas separadas. La caja de los “analíticos” y la caja de los “creativos”.
Mi carrera, mi metodología y mi propósito se basan en dinamitar esas cajas.
Porque en 2026, la ventaja competitiva ya no pertenece a los especialistas puros. Pertenece a los traductores. A los que pueden pararse en la frontera entre la lógica y la emoción, entre el dato y la historia, y construir un puente.
Así que sí, soy economista. Y hablo de cultura, de diseño y de narrativa. Y si eso incomoda a algunos, es solo porque les estoy mostrando el muro invisible que limita su propia visión.
Si sientes que tu empresa está atrapada entre el dato y la historia, agenda una Sesión de Claridad conmigo.
Mi trabajo es construir el puente.