Durante casi cuarenta años, fui dos personas distintas en un mismo cuerpo.
De lunes a viernes, era la Astrid de los números. La economista que trabajaba en marketing digital. Mi día a día eran las hojas de cálculo, analizando el rendimiento de campañas, segmentando audiencias y buscando patrones en el comportamiento de la gente. Entregaba informes densos, llenos de datos, convencida de que las cifras hablaban por sí solas. Era buena en eso. Y, sin embargo, cada informe se sentía como un mensaje en una botella. Un esfuerzo que se perdía en el silencio.
Luego llegaba el fin de semana. O las horas robadas a la noche. Y aparecía la otra Astrid. La que se perdía dibujando. La que podía pasar horas ajustando la composición de una imagen hasta sentir que era correcta. Mi pasión por lo visual no nació en una academia; fue un impulso autodidacta que empezó a los once años con un curso de carboncillo y acuarelas, y se perfeccionó en los márgenes de cuadernos durante clases que me aburrían. Era mi mundo secreto. Un espacio donde la belleza y la narrativa visual eran el idioma principal. Un idioma que, en mi cabeza, no tenía lugar en una sala de juntas.
Viví esta doble vida durante mucho tiempo, convencida de que el mundo analítico y el creativo no se podían mezclar. Que había que elegir uno para ser “profesional”. Mi carrera se convirtió en una rutina de informes ignorados y un agotamiento que solo crecía. No era cansancio físico; era la frustración de usar solo la mitad de lo que era.
El punto de quiebre no fue un evento dramático. Fue la acumulación de pequeñas frustraciones, todo cristalizado en una reunión. Le presentaba a un cliente los datos de una campaña para su marca personal y, mientras yo hablaba de métricas, él me miró con confusión. “¿Pero eso de alcance qué significa? ¿Y el engagement?”. Para mí eran conceptos básicos; para él, una barrera. Salí de esa sala con una sensación de vacío. Mi trabajo no era incomprendido; era inútil si no lograba que el otro lo entendiera. Y esa palabra, “inútil”, lo cambió todo.
Ese fin de semana, en lugar de escapar a mi mundo creativo, hice algo distinto. Puse mis dos vidas sobre la mesa. De un lado, la lógica, los números, la estructura. Del otro, la imagen, la historia, la emoción. Y por primera vez, en lugar de ver un conflicto, vi las dos mitades de una solución.
La revelación fue simple: el problema no era que a nadie le importaran los números. El problema era que yo no les estaba dando una historia. No les estaba dando un puente para cruzar desde su realidad hasta la mía.
Mi don no era solo “dibujar” ni solo “analizar”. Era traducir uno al otro.
Esto no es historia antigua; sucedió apenas el año pasado. Presentaba los resultados de una pauta publicitaria para un marketplace, un informe clave sobre la captación de nuevos usuarios. En lugar de empezar con las tablas de siempre, me detuve. Recordé mi revelación y probé algo. Usé la metáfora de un “puente roto” para explicar por qué los usuarios no estaban llegando a donde queríamos.
Dibujé el puente. Mostré con datos dónde estaban las grietas. Y entonces, algo cambió.
La conversación no se centró en el “costo por clic”. Se centró en la historia que los datos contaban: “nuestro puente está roto aquí”. La gente levantó la vista de sus teléfonos. Empezaron a hacer preguntas, no por confusión, sino por curiosidad. Escuché la frase que se convertiría en la banda sonora de mi nueva carrera, dicha por la persona más escéptica en la sala: “Wow, por primera vez, lo entiendo”.
Ese fue el primer paso. Es un proceso que sigo puliendo cada día, a punto de cumplir cuarenta años.
Unir mis dos vidas no solo salvó mi carrera del agotamiento; le dio un propósito. Dejé de ser una economista que hacía informes y me convertí en una traductora que construye puentes. Puentes entre los datos y las decisiones, entre la lógica y la emoción, entre el ruido y la claridad.
Hoy, ya no vivo una doble vida. Vivo una vida integrada. Y he descubierto que la mayor ventaja que podemos tener no es ser el mejor analista o el mejor creativo. Es encontrar esa intersección que solo uno puede ocupar. Es tomar las piezas de tu propia historia, tus pasiones y tus habilidades, y tener el coraje de unirlas para crear algo nuevo.
Porque al final, la claridad más importante que puedes construir es la tuya.
¿Mi historia resuena contigo? Si sientes que en tu organización hay datos que nadie entiende y estrategias que no se ejecutan, quizás necesites un traductor. Conoce cómo trabajo o agenda una Sesión de Claridad y empecemos a construir puentes.
